A veces sabemos perfectamente lo que nos pasa.
Podemos haber pensado mucho sobre ello, haber hablado con personas cercanas, haber leído, haber hecho terapia anteriormente o, sencillamente, llevar años observándonos.
Entendemos muchas cosas de nosotros mismos. Incluso podemos reconocer de dónde vienen algunas de nuestras dificultades.
Y, sin embargo, entenderlas no siempre consigue cambiarlas.
Esa distancia entre lo que sabemos y lo que sentimos puede aparecer de muchas maneras:
«Sé que ahora estoy a salvo, pero mi cuerpo no parece saberlo».
«Sé que esta persona no es aquella otra, pero algo en mí reacciona igual».
«Sé que no tengo que demostrar nada, pero sigo sintiendo que nunca es suficiente».
«Sé que no fue culpa mía, pero sigo sintiendo vergüenza».
«Sé que no debería necesitar su aprobación, pero cuando no la tengo me afecta profundamente».
O quizá no te reconozcas en ninguna de estas frases y, sin embargo, conozcas bien esa experiencia: entender racionalmente algo sobre ti y descubrir que tus emociones, tus reacciones o tu manera de actuar parecen ir por otro camino.
Y entonces aparece una pregunta que puede resultar profundamente frustrante:
Si sé lo que me pasa e incluso entiendo por qué me pasa, ¿por qué sigo sintiéndome o reaccionando de la misma manera?.
Entender algo no significa que todo nuestro sistema lo haya aprendido
Comprender lo que nos ocurre es importante. Nos ayuda a poner nombre a lo que sentimos, encontrar relaciones entre nuestra historia y nuestro presente y empezar a mirar de otra manera aquello que antes quizá solo nos generaba confusión.
Pero comprender una experiencia y haber transformado la manera en que respondemos a ella no son exactamente lo mismo.
A lo largo de nuestra vida no aprendemos únicamente a través de ideas o pensamientos. También aprendemos emocionalmente, corporalmente y a través de nuestras relaciones.
Aprendemos qué podemos esperar de los demás, cuándo conviene estar alerta, qué hacemos para sentirnos queridos o aceptados, cómo nos protegemos ante el rechazo, el conflicto o la incertidumbre, qué emociones nos permitimos expresar y cuáles hemos aprendido a contener.
Muchas de esas respuestas se fueron construyendo sin que tomáramos una decisión consciente sobre ellas. Y algunas pudieron ser incluso muy útiles en determinados momentos de nuestra vida.
El problema aparece cuando una forma de protegernos que tuvo sentido entonces continúa activándose hoy en situaciones en las que ya no la necesitamos de la misma manera.
Por eso podemos saber que estamos a salvo y sentir miedo. Saber que tenemos derecho a decir que no y sentir una enorme culpa al hacerlo. Saber que una crítica no determina nuestro valor y, aun así, sentirnos profundamente cuestionados.
No es necesariamente una contradicción ni significa que hayamos «entendido mal» lo que nos sucede.
Significa que hay aprendizajes que no se modifican únicamente porque ahora podamos explicarlos.
Y quizá ahí esté una de las claves del cambio terapéutico: no quedarnos solamente en entender por qué me pasa, sino empezar a descubrir qué sigue ocurriendo dentro de mí cuando me pasa.
Cuando saberlo no consigue cambiar lo que sentimos
Cuando comprendemos racionalmente lo que nos ocurre, es fácil pensar que el siguiente paso debería ser dejar de sentirlo.
«Sé que no debería afectarme tanto».
«Sé que no tengo motivos para sentirme culpable».
«Sé que no tengo que tener miedo».
«Sé que aquello ya pasó».
Y cuando la emoción, el bloqueo o la reacción vuelven a aparecer, podemos frustrarnos todavía más. Al malestar original se añade entonces otro: la sensación de que deberíamos ser capaces de controlarlo porque ya lo hemos entendido.
Sin embargo, las emociones no desaparecen simplemente porque encontremos un argumento más razonable contra ellas.
A veces, incluso, intentar convencernos continuamente de que «no deberíamos sentirnos así» nos aleja de una pregunta mucho más útil:
¿Qué está haciendo que esta respuesta siga teniendo sentido dentro de mí?
Quizá no se trate de luchar contra ella, sino de acercarnos a comprender qué la activa, qué intenta proteger, qué experiencias están asociadas a ella y qué ocurre en nuestro cuerpo cuando aparece.
Ese cambio de mirada es importante: pasamos de preguntarnos «¿cómo hago para dejar de sentir esto?» a empezar a explorar «¿por qué algo en mí sigue respondiendo de esta manera?».
Y es ahí donde el trabajo terapéutico puede ir más allá de comprender intelectualmente lo que nos sucede.
Cuando el cuerpo también ha aprendido
Una conversación, un gesto, una mirada, una situación aparentemente cotidiana pueden hacer que el cuerpo se tense, que el pecho se cierre, que aparezca un nudo en la garganta o que sintamos la necesidad de escapar, defendernos, agradar, controlar lo que ocurre o, simplemente, quedarnos bloqueados.
Después llega el pensamiento e intenta encontrar una explicación. Pero, para entonces, nuestro organismo ya ha respondido.
Esto ocurre porque nuestra experiencia no se construye únicamente a través de aquello que podemos recordar y contar. También vamos aprendiendo formas de responder ante determinadas situaciones, emociones y relaciones.
Algunas de esas respuestas pudieron ayudarnos en otro momento. Estar muy atentos a los demás, evitar el conflicto, anticiparnos a lo que podía ocurrir, desconectarnos de determinadas emociones o mantener siempre el control pudieron ser maneras de adaptarnos a circunstancias concretas.
El problema aparece cuando esas respuestas continúan activándose automáticamente en el presente, aunque las circunstancias hayan cambiado.
Por eso, en terapia, a veces no basta con preguntarnos qué pensamos sobre lo que nos ocurre. También puede ser necesario observar qué sucede en nuestro cuerpo, qué emoción aparece, qué impulso surge y qué hace que nuestro sistema siga respondiendo de esa manera.
No significa que detrás de cada dificultad tenga que existir un gran acontecimiento traumático. A veces son experiencias repetidas, determinadas relaciones o aprendizajes acumulados los que han ido configurando nuestra manera de responder.
El cuerpo no está contradiciendo necesariamente lo que sabemos. Puede estar respondiendo a algo que aprendió mucho antes de que pudiéramos explicarlo con palabras.
Entonces, ¿qué significa realmente cambiar?
Cambiar no siempre significa conseguir que una emoción desaparezca o dejar de reaccionar para siempre de una determinada manera.
A veces, el cambio empieza de una forma mucho menos evidente: algo que antes nos arrastraba empieza a tener menos poder sobre nosotros.
Podemos sentir miedo sin que el miedo decida por completo lo que hacemos. Recibir una crítica sin que determine nuestro valor. Notar el impulso de agradar y preguntarnos si realmente queremos hacerlo. Sentir enfado sin reaccionar inmediatamente desde él. O reconocer una antigua manera de protegernos y descubrir que hoy tenemos otras posibilidades.
Poco a poco, aparece algo que antes quizá no estaba disponible: un espacio entre lo que sentimos y lo que hacemos con ello.
Y ese espacio amplía nuestra capacidad de elección.
No se trata de convertirnos en personas a las que nada afecta, ni de controlar cada emoción que aparece. Se trata de poder relacionarnos de otra manera con lo que sentimos, de modo que nuestras respuestas no estén determinadas siempre por los mismos patrones.
A veces, incluso, aquello que antes se activaba con mucha intensidad empieza a hacerlo de una manera diferente a medida que se trabajan las experiencias y aprendizajes que lo sostenían.
Porque el objetivo de un proceso terapéutico no debería ser únicamente entender mejor nuestra historia, sino conseguir que esa comprensión pueda traducirse en nuevas formas de sentir, relacionarnos y responder en el presente.
Cuando comprender es solo el principio
En terapia, comprender lo que nos ocurre puede ser un paso fundamental, pero no necesariamente el último.
Dependiendo de cada persona y de su historia, puede ser necesario trabajar con las emociones que siguen apareciendo, con determinadas respuestas corporales, con patrones que se repiten en las relaciones o con experiencias del pasado que continúan influyendo en el presente.
No existe una única manera de hacerlo ni todas las personas necesitan lo mismo.
En algunos procesos será importante poner palabras y construir una comprensión diferente de lo vivido. En otros, aprender a reconocer y regular lo que sucede en el cuerpo. Y, cuando sea necesario, podremos trabajar de forma más específica con aquellas experiencias que siguen activándose en el presente, utilizando abordajes como EMDR u otras herramientas terapéuticas.
El objetivo no es borrar nuestra historia ni conseguir que nada vuelva a afectarnos.
Es que aquello que vivimos deje de tener que expresarse siempre de la misma manera. Que podamos disponer de respuestas nuevas allí donde antes parecía haber una sola. Y que lo que hoy sabemos sobre nosotros mismos pueda ir convirtiéndose también en una experiencia diferente.
Porque quizá entender por qué somos como somos sea el comienzo. El cambio llega cuando ya no necesitamos seguir respondiendo como si nuestra historia continuara ocurriendo en el presente.
«Entender nuestra historia nos ayuda a comprender quiénes somos. Transformar lo que todavía sigue activo nos permite elegir quién queremos ser ahora.»